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lunes, 21 de diciembre de 2009

¿Avance de nuevas ideas?

Soy un desastre, pero mis amigos me impulsan a seguir escribiendo. Ahora mismo estoy metido en diversas investigaciones que espero den algún resultado. Como apunte de lo que puede venir y a modo de compromiso con los que siguen pinchando en esta página por si produce algo nuevo, dejo escrito: relaciones entre filosofía y jardín (algunas ideas nuevas acerca de la interpretación del jardín, filósofos que van escribiendo cosas nuevas sobre el tema), algunas ideas sobre el jardín como texto susceptible de hermenéutica, notas sobre fenomenología (y si el jardín puede interpretarse desde este ángulo filosófico)...
Promesas que espero cumplir. No sea muy severos conmigo. Gracias.

jueves, 21 de junio de 2007

Cuestiones barrocas, 1


A cuenta de Lastanosa he revisado algunas de mis lecturas relacionadas con los jardines y la filosofía barroca. Confesaré que estoy en un periodo un tanto confuso respecto a determinados enfoques y seguramente eso se debe, más que a las ideas en sí, a mi propia situación personal. Pero esto no debe importar aquí salvo para explicar (que no justificar) algunas imprecisiones que quizá no sepa salvar.

El texto de Michel Baridon "The scientific imagination and the Baroque garden" (Studies in the history of gardens, 1998, vol 18, 1, pp. 5-19) es ilustrativo de, al menos, dos asuntos que me vienen preocupando hace tiempo y de los que he dejado suficiente constancia en esta bitácora. El primero es la necesidad de demarcar el campo de estudio y los conceptos que manejamos. El segundo, la necesidad, cada vez más evidente para mí, de relacionar la filosofía y la historia de las ideas con la propia historia del jardín. Baridon no es mal compañero de viaje porque es experto en textos relacionados con los jardines, aunque a veces sus interpretaciones pecan de chauvinistas (según mi modesto entender) y ofrece, quizá, una visión demasiado convencional, si es que puede decirse esto de un terreno en el que todos los elementos son poco convencionales.

Me ceñiré ahora, porque habrá que volver en otros momentos sobre ello, a la cuestión definitoria que propone Baridon. Él la plantea como hipótesis de trabajo pero su idea de "jardín barroco" no deja de estar bien fundamentada y ser sugerente [p. 5]: un tipo de jardín que tiene su origen en el Renacimiento y es de nacimiento italo-francés, que se desarrolla a principios del siglo XVII y cuya permanencia se garantizó mediante una transformación (añado yo: de complejidad formal y recargamiento ornamental) conocida como rococó, hasta alcanzar las últimas décadas del siglo XVIII.

Para quien haya leído mis disquisiciones en torno a Lastanosa, ese origen recalcado por Baridon no puede sorprenderle. Y creo que es justo reconocerlo: Baridon señala con toda razón que no podemos entender el jardín barroco sin comprender su origen renacentista (mediado por el manierismo, añadiría yo). Las fechas y los periodos que maneja Baridon son también ajustados. Aunque quiero señalar una cuestión que cada vez me encuentro con más frecuencia: llamamos barroco a un periodo muy desigual para distintas bellas artes (léase, la música) y quizá convendría adjudicar a los jardines el lugar (o tiempo) que les corresponda. Su estrecha relación con la arquitectura y la pintura parece que les llevan, muy claramente, a situarse con estas bellas artes en el mismo periodo, es decir, el que se acepta que empieza con el siglo XVII.

No me parece ya igual de bien traída la lista de ejemplos que Baridon propone como modelos posibles del jardín barroco: Villa Aldobrandini, Villa Garzoni, Maisons, Vaux-le-Vicomte, Versalles, Het Loo y el fountain garden de Hampton Court. La distribución geográfica marca un poco la voluntad baridoniana de quedar bien. El precedente manierista italiano está bien ilustrado por Villa Aldobrandini, pero Villa Garzoni es netamente barroco (iniciado en 1652) y casi diría yo que rococó (una de las dificultades, como en el caso de Garzoni, que nos encontramos continuamente, es que no hay por lo general una periodización de las zonas del jardín que estudiamos; en el caso de Villa Garzoni, como es un jardín existente, los libros enseñan fotos de lo que hay que, lógicamente, no podemos saber si es original o no: para hacer estas distinciones deberíamos ir a los planos de la época que tratamos y ver qué había, pero eso, en muchos casos, es imposible). Het Loo es de finales del siglo XVII (el parterre lo hizo seguramente Daniel Marot entre los años 1686 y 1695) y aunque su concepción sea híbrida, la geometría general es muy plana y carente de vistas y, por ello, dudoso que sea un buen ejemplo de lo que, más adelante respecto a perspectivas y óptica, explica Baridon. Hampton Court y su "jardín de las fuentes" (también conocido como privy garden, dando a la fachada barroca que reformó Christopher Wren) ha sido rescatado recientemente (se muestra en la fotografía de arriba) y lo hizo el propio Marot a caballo entre los dos siglos. De modo que Baridon propone a la par modelos tardomanieristas, post-barrocos y netamente barrocos, en tres naciones diferentes, para mayor confusión. (El ejemplo de Maisons es de esos que yo llamaría "ejemplo personal" y por los cuales "mataríamos" los estudiosos de un tema: consiste nada más en ser el primero en proponer un ejemplo. A mí me parece que Maisons, Rueil y Fremont, (entre otros) proceden de modelos anteriores y resultan poco significativos en cuanto a modelos, ellos mismos, de obras posteriores).

He aquí lo que señalaba al inicio. Nos hace falta una gavilla de definiciones y una delimitación de tiempos: de lo contrario, nos exponemos a mezclar churras con merinas. Creo que aquí sería pertinente:
1) establecer el periodo del que hablamos, con sus rasgos y (probablemente) con subperiodos
2) sobre la base de 1) detallar suficientemente una cronología de tal modo que podamos situar convenientemente cada jardín
3) intentar dirimir qué rasgos son los que corresponden a cada subperiodo o fase con el fin de atribuirlos a (hacerlos corresponder con) los jardines concretos
y 4) señalar entonces cuáles son anteriores, no sólo en la cronología, sino también en las ideas, y por tanto, cuáles pueden considerarse pautas o modelos y cuáles imitaciones.

Atención: denominar modelo o imitación a un jardín no supone, en las disquisiciones que manejo, encumbrarlo o desmerecerlo. Es posible que, en una sociedad como la nuestra, que valora la originalidad y los primeros pasos, el modelo "valga" más. Pero desde un punto de vista del estudio ambos son igualmente valiosos y los seguidores o imitadores de algo tienen una virtud aparte de lo que hacen: sirven para comprender mejor el modelo al que imitan.

Baridon concluye esta primera parte de su artículo (muy importante éste, diría yo) diciendo (la traducción es mía): El conocimiento depende del tipo y no se puede estudiar nada a menos que tenga nombre... [ ] ... [el estilo barroco es aquel] que se desarrolló en la Europa del siglo XVII y que se caracteriza por unageometrización atrevida de la organziación espacial y por los efectos ópticos que pudieran crear cortes estructurales [p. 5]

No está mal salvo que parece difícil evitar estas peticiones de principio (no se olvide el título de su artículo): lo que Baridon quiere hacer ver es la influencia científica en el trazado barroco del jardín, ergo habrá que demostrar que los jardines están trazados basándose en aquélla, y no diciendo (sin demostración alguna) que la ciencia ha proporcionado algunas de las características de los jardines, como por ejemplo las perspectivas y los juegos ópticos: Baridon avanza que los jardines presentan geometrizaciones y efectos ópticos y de esa manera abre la puerta al conocimiento científico. Pero eso mismo, con sus planteles geométricos y sus trompe l'oeil ya hicieron los romanos. ¿Eran barrocos? Naturalmente que no. Lo que hay que hacer es rescatar algunos aspectos de la ciencia del barroco y ver si se aplican a los jardines: se podrá decir entonces, y no antes, quod erat demonstrandum. Volveremos sobre Baridon y su interesantísimo artículo.



viernes, 27 de abril de 2007

Ecos de Justus Lipsius. Acerca del jardín estoico

"El jardín estoico". Así se titula el artículo de Mark Morford ("The stoic garden", Journal of Garden History, vol. 7, 2, pp. 151-175), aunque, más en concreto, el texto se refiere al jardín "neoestoico" que desarrolló el filósofo y humanista holandés Justus Lipsius (1547-1606), en la práctica coétaneo, como se ve, de Montaigne y de Bacon, por proponer dos nombres relacionados con la filosofía y los jardines.

Morford afirma que los jardines fueron importantes para Lipsius y se propone en el artículo examinar la vuelta del estoicismo de la mano de este filósofo y del papel que tuvo el jardín en ese regreso. Es de rigor, pero también llamativo, que desde las primeras líneas nos recuerde que hasta ese momento el jardín había sido el símbolo del placer epicúreo y, por tanto, escenario de otra opción filósofica, cosa que se olvida fácilmente. La idea del locus amoenus medieval que pasó luego al Renacimiento no casa, en efecto, con la nueva fórmula que el (neo) estoicismo propone.

Uno de los cambios, significativo, es la aparición de una horti lex. A partir de esta época (y el estudio conjunto está todavía por hacer aunque David Coffin le ha dedicado cierta atención) estas leges hortorum se hacen consuetudinarias a los jardines. Expresan su uso (incluso regulan su apertura al público en general, lo que nos lleva de nuevo a la dicotomía jardín cerrado/jardín abierto) y por ello deben considerarse como expresivas de una nueva manera de concebir el jardín. Cierto que éste sigue siendo un lugar agradable, placentero, pero también presenta otras utilidades que requieren de conocimiento y de instrucción. De ahí, la regulación de su uso. Recuerdo de paso, pero me parece pertinente hacerlo, que los estoicos se caracterizaron por una postura ética de tipo universalista y, por ello, con máximas comunes para todos. En el caso de los jardines, eso es lo que vienen a ser las leges hortorum.

Morford se refiere también a los "jardines" que se mencionan en la literatura griega. Si pongo entre paréntesis el término es porque dudo, y mucho, acerca del verdadero carácter de jardín de esos lugares: el de las Hespérides, el de Alcínoo, los de Adonis. Se trata más bien de lugares naturales remozados o enriquecidos, y los de Adonis no pasan de ser una metáfora vegetal del trascurso vital y de la fertilidad. Interesantísimos pero sin relación alguna con los numerosos ejemplos, concretos, que descubrimos en el mundo romano. Viene esto a cuento de que Morford sitúa a estos jardines como un modelo ideal, mítico, de jardín para el Renacimiento. Y ciertamente no podría haber sido de otro modo puesto que no existen descripciones de traza o de estructura sino tan sólo de detalles. Se trata, en resumidas cuentas, de descripciones idealizadas y no realistas, que dan pábulo a la sugestión pero no aportan gran cosa desde un punto de vista materialista, que es el que importa cuando se trata de llegar a la, pedestre, tarea de plantar un jardín.

Una anotación importante es la que se refiere al carácter práctico, productivo, de los jardines griegos, más cercanos a los huertos que a los jardins de plaisir. En toda la Antigüedad no fue de otro modo y hay que llegar hasta la ferme ornée del XVIII para ver cómo ambas facetas se segregan definitivamente. Incluso hoy se manifiesta en parques públicos y privados una fuerte tendencia a usar vegetales que recuerdan o suponen la relación con la productividad de la tierra: véanse el uso de repollos coloreados en macizos de temporada invernal y el uso de frutales en calles y parques.

Morford alude a los jardines que servían de sede a escuelas filósoficas en Grecia. Es llamativo que Zenón enseñara en un pórtico (la stoa poikilé, la puerta pintada) seguramente anejo a una zona ajardinada o de carácter naturalista, mientras la Academia, el Liceo o la escuela de Epicuro estaban situados en jardines, o lo que podemos hoy entender por tales. Quizá sea por aquí por donde el paseo a cubierto o protegido combina filosofía y aire libre, y puede que jardín, aunque los peripatéticos, como ya sabemos, eran justamente los liceístas de Aristóteles, que disponían de amplios terrenos plantados. De modo que la cuestión estoica queda, por este lado, un tanto debilitada.

Pero, naturalmente, la cuestión del lógos (traducida convenientemente por ratio y razón, aunque el latín y el castellano dan menos de sí que el original griego) se transforma también en otras cosas. Por ejemplo, en la ordenación del jardín y sus parterres, según indica Morford. El orden, pero también la variedad de la vida, aparecen así en el jardín. El autor señala así mismo algunos aspectos que hacen de éste, concebido de así, un jardín estoico: el orden limita la ansiedad con la que el propietario mira su jardín, todo está en su sitio, según una razón universal. El otium que se desarrolla en el jardín es de tipo activo, lo que seguramente supone contacto con la naturaleza al tiempo que el visitante se emplea en el ejercicio de la razón, de la filosofía. El negotium es, justamente, el pensamiento, el ejercicio de la filosofía. Añade Morford que mediante el jardín, el filósofo estoico se yergue por encima de las limitaciones del cuerpo humano y, al abandonar el páthos de su vida humana (la ansiedad, el temor), logra una auténtica libertad sometida sólo al rigor de la razón que, en esa época, en Europa, se resume en Dios. Resulta así una conciliación de estoicismo y cristianismo. No me parece tan claro, sin embargo, el hecho de que el filósofo estoico trascienda las limitaciones de su cuerpo gracias al jardín, como no sea debido al integración del hombre en un medio natural ordenado, deudor por tanto de la Naturaleza y por tanto de Dios, en una especie de panteísmo que, quizá preludia el tan traído y llevado de Spinoza.

El resto del texto de Morford se refiere a cuestiones concretas que tienen más que ver con la estética Renacentista y la horticultura holandesa de la época que con la filosofía estoica. El autor dedica algunas páginas a estudiar el tipo de actividad jardinera y los contactos que mantenía Lipsius. Interesante pero que se aleja ya de mis intereses de momento. El texto de Morford, no obstante ser, desde mi punto de vista, un tanto farragoso y truncado, ofrece una perspectiva sugerente para el estudio de las corrientes filosóficas en relación con los jardines de una determinada época. Más adelante comentaré, seguro, algunas investigaciones mías que van por este camino y que tienen que ver con un futuro congreso. De momento, me detengo aquí.

jueves, 26 de abril de 2007

Cuestiones de ética

La referencia que me sirve aquí es Joachim Wolschke-Bulmahn: "Ethics and morality. Questions in the history of garden and landscape design: a preliminary essay", en Journal of Garden History, 1994, pp-140-146.

No deseo entrar en las consideraciones generales que hace el autor y que darían, creo yo, para un artículo entero. Así su definición de ética, tomada de la edición de la Encyclopedia of Philosophy, es, por no decir más, un tanto simple. Que la ética consista [sólo] en "to critize irrational moral beliefs and to search for certain, rationally justifiable moral principles" [p. 140] me parece una simplificación excesiva. Si se atiende al panorama (ni siquiera muy amplio) que presenta la Encyclopedia of Philosophy en la red, se ve que hay mucho más campo del expresado por el autor para servirse de guía. Más: no es válido que se eluda el tema por tratarse "sólo" de una aplicación de la ética al jardín. Por el contrario, hace falta una presentación, una definición matizada convenientemente para saber con precisión de qué estamos hablando. Por no hablar de esa "crítica a las creencias morales irracionales" que es una petición de principio; antes de criticar hay que establecer un baremo para situar en el campo de lo moral lo que lo es y lo que no lo es.

Sólo quiero hacer una reflexión al hilo de lo que autor apunta en su artículo. El asunto más importante es, seguramente, el debate según se plantea en la actualidad. Pero Wolschke-Bulhman mete demasiados asuntos en el mismo cesto, empezando por sus profesiones: arquitectos paisajistas, conservacionistas de la naturaleza, ecologistas y demás [p. 141]. El error es de partida al hablar de jardín y paisaje, aunque seguramente no puede evitarse. Pero, sólo por aportar profesiones que digan algo o tengan algo que ver sobre el paisaje, se me ocurren: geógrafos, biólogos, ecólogos (no sólo los ecologistas), historiadores, artistas de diverso cuño, sociólogos, ingenieros de diversas ramas, geólogos... sin olvidar a los agricultores. La lista es casi interminable, porque toda actividad humana se asienta, directa o indirectamente en el paisaje. De modo que hay que delimitar, demarcar, primero, para poder situar después. El resultado es que, a partir de aquí, el artículo respira un enfoque conservacionista-ecologista que poco tiene que ver con el paisaje tal y como lo entienden los arquitectos, los paisajistas (no sólo los arquitectos-paisajistas, de esto hablaré próximamente en una entrada) o los ingenieros, aunque todos estén relacionados entre sí. El texto mezcla continuamente enfoques ambientalistas (environmental problems) con enfoques desdibujados de tipo jardinero o paisajista. Aclarémonos: un jardín no es la naturaleza. Más: incluso hacer un jardín es "forzar", "violentar" la naturaleza. Hasta tal punto es así, que en el siglo XX una de las modas jardineras ha sido la reivindicación de un diseño "sostenible", de la utilización de plantas "autóctonas", de uso de un esquema más "naturalista". ¡Justamente porque el jardín, usando los elementos de la naturaleza, crea una obra artificial que se separa de ella! ¡En eso consiste su valor, en que es una obra humana! Todo lo demás son metáforas, pero esto es meridianamente claro.

Y es aquí, justamente donde aparece la moralidad. Basten tres ejemplos elementales que pueden ampliarse ad infinitum. ¿Es moral hacer jardines y malbaratar la naturaleza? Esa podría ser una pregunta de partida. Pero hay muchas más. Muchos jardines son privados. ¿Existe un derecho a malbaratar la naturaleza aun siendo un sector de la misma de propiedad privada? Cuando uno vive en una urbanización y tiene 100 metros cuadrados de parcela puede no tener gran importancia: cuando uno plantea un campo de golf, un hotel lujo o una reserva (ajardinados) en lugares de naturaleza preservable, la pregunta es sumamente pertinente. Por no olvidar el ejemplo de la presencia de algas o plantas acuáticas exóticas que han pasado de los acuarios a los ríos y el mar y están planteando problemas ecológicos realmente graves. Otro tanto podría escrutarse también en la jardinería, con otras especies de herbáceas, por ejemplo. Muchos jardines son públicos. ¿Cómo debe plantearse esa propiedad pública que se paga con dinero de todos y que pretende valores higienistas y saludables, generalmente en el centro de las ciudades? He ahí unas líneas fértiles de investigación que nos llevan muy, muy lejos, sin necesidad de incluir en esto la discusión de las contaminaciones de las selvas amazónicas o la regulación de los grandes cursos de agua en Rusia y China. Imagínese el campo para la discusión si en lugar de "jardín" hablamos de "paisaje" y de sus relaciones. Es indudable que hacen falta unas coordenadas previas para poder navegar en este amplísimo, repito, amplísimo, y proceloso, mar de las definiciones y las atribuciones morales.

Está muy claro, para concluir este brevísimo comentario, que la cuestión de la moralidad es muy amplia y no abordable mediante simplificaciones bien intencionadas. Y, como de costumbre, parece importante contar con una teoría del jardín (y su relación con el paisaje) que sitúe el terreno de la discusión en sus justos términos antes de profundizar para no llegar a malentendidos y sí a clarificaciones.

Y una nota añadida: Assunto, Venturi Ferriolo y Cooper, por citar sólo unos pocos, hablan de democracia en relación con los jardines. Habrá que estudiar y matizar este asunto pero la ética, desde luego, no se agota en una mirada sobre el planeta que nos aocge.

Utopías y jardines

Inicio aquí un tema que me parece de importancia y que, creo, se ha tratado poco de un modo riguroso desde el punto de vista del jardín. Las ideas que siguen deben tomarse sólo como introducción, y leve, al asunto. Habrá, pues, que volver sobre ellas.

Cualquier estudiante de filosofía sabe que "utopía" es un término utilizado con sentido por vez primera por Thomas More en su libro homónimo, Utopía. Ha pasado a ser lugar común que una utopía es algo irrealizable lo que, si bien es una ampliación de su campo semántico, contribuye a oscurecer algo su sentido originario. Porque útopos es lo que no es lugar, lo que no tiene sitio, lo que no está en parte alguna (Muguerza ha reflexionado sobre el asunto y nos ofrece una idea paralela, a saber, que tampoco existe en el tiempo, que todo útopos es un úcronos). Pero en todo caso, el sentido está claro en general para todo el mundo.

Lo que ya no está tan claro es que un jardín sea una utopía y basta un par de preguntas para hacer temblar esa afirmación. Por ejemplo: si un jardín es una utopía, ¿cómo es que encontramos jardines por todas partes? Se puede contestar que lo que se busca es reproducir la utopía, pero en tal caso hay que tener en cuenta que la pregunta se hace acerca de la idea motriz, no de los resultados prácticos que la imitan. Y si sólo se trata de la idea de una utopía ¿no será que el jardín como tal no es más que una idea cuyas realizaciones concretas son pobres y torpes imitaciones... de qué?

Pero este es el enfoque fértil. Claro que no existe una utopía: desde el momento en que se hace real, deja de ser utópica. Por lo tanto, el jardín se mueve en un terreno de "sí-no", oscilante, cambiante y por ello fecundo, tanto para el arte como para el pensamiento. A este tipo de utopías, las ha denominado Foucault "heterotopías" en un intento de calificarlas de espacios heterogéneos, de lo que podríamos llamar espacios "raros". Considerar al jardín dentro de esta categoría es una buena manera de abordar algunos aspectos liminares del jardín, como por ejemplo el de la propiedad de la tierra que lo alberga. Y consecuentemente el aspecto del ideario, que me parece clave para entender la evolución del jardín.

[La imagen es una xilografía de Ambrosius Holbein para la edición de Utopía del año 1518. Representa al viajero Raphael Hythloday en la esquina inferior izquierda en el acto de describir a su interlocutor la isla de Utopía, que se muestra esquemáticamente sobre él]

miércoles, 25 de abril de 2007

El jardín y la reflexión filosófica

Hay muchos filósofos en la actualidad que reflexionan acerca del jardín en términos muy diversos. La realidad es que desde los enfoques de la estética (para entendernos, la filosofía del arte) hasta los enfoques de la psicología cognitiva (para entendernos, la psicología de la percepción) caben multitud de visiones filosóficas acerca de este antiquísimo fenómeno que es el jardín.

Muchos filósofos ya apuntaron en sus obras algunas reflexiones (por ejemplo, Bacon, Kant, Burke o Goethe, por citar unos pocos) y sobre ellos volveremos en otra ocasión. Me interesa ahora destacar a dos de ellos, contemporáneos: Rosario Assunto y su discípulo Massimo Venturi Ferriolo.

Rosario Assunto (1915-1994) basó toda su reflexión sobre el jardín en su concepto de la estética no como simple filosofía del arte (de lo bello) sino como idea motriz y piedra angular de un modo de vivir y de pensar. Sus enfoques son, seguramente, elitistas, por cuanto no admite la idea de que los parques actuales sean, en modo alguno, "jardines", en su sentido más puro y sublime. Es interesante su relación con la filosofía kantiana, por un lado, y la filosofía de Dilthey, por otro, lo que en un cierto sentido le acerca a Ortega. Son esenciales sus reflexiones sobre la época del paisajismo, junto con su irritante e interesantísima a partes iguales Ontología y teleología del jardín (Tecnos, 1991). Interesantísima y yo diría que fundacional: su autor es uno de los pioneros del siglo XX en la relación del jardín con la filosofía. Irritante porque, me parece, emplea una terminología carente de rigor y da de lado el imprescindible estudio histórico del jardín para sistematizar una teoría que permita entenderlo. En cualquier caso, de lectura obligada.

Massimo Venturi Ferriolo (1951) aprendió de su maestro, pero su línea es mucho más historicista y hegeliana. Ha escrito una obra fundamental, Giardino e filosofia (1992), y es un pensador habitual en reuniones jardineras, al menos en aquellas en las que se reflexiona sobre la idea de jardín y no simplemente sobre jardines concretos. La suya es una actividad reivindicadora del clasicismo en el paisaje, de las grandes corrientes románticas e idealistas alemanas como motoras de un cierto paisajismo y de la cultura del libre pensamiento en el desarrollo estético del jardín. Hay que conocer bien sus estudios sobre Goethe, Rousseau y la antigüedad clásica (es modélico su acercamiento al Sócrates platónico) para entender que es uno de los grandes "a cuyos hombros habremos de subirnos" para seguir avanzando en la apasionante tarea de relacionar jardín y filosofía.

Hay más autores y obras e irán apareciendo por aquí. En esta reconversión (espero que definitiva) de la bitácora iré introduciendo mis lecturas y algunas ideas complementarias sobre textos y autores que son de primordial importancia para nuestro estudio.