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jueves, 14 de junio de 2007

Lastanosa y sus jardines, 1

Voy a introducir en próximas entradas (ahora que parece que el tiempo se esponja un poco al acabarse las clases) algunas de las ideas acerca de Lastanosa que se barajaron (y que yo mismo expuse) en la Conferencia Internacional de Huesca, a caballo entre finales de mayo y principios de junio.

Procuraré resumir porque las ramificaciones posibles son tantas que apenas quedaría tiempo para dedicarse a otra cosa.

De la Conferencia saqué tres conclusiones que me parecen claves a la hora de ahondar en la historia del prócer aragonés. La primera, que existen bastantes datos y documentos pero que no están todos, ni mucho menos, bien estudiados. Una buena parte del debate de los expertos recayó sobre la veracidad o no de los documentos que cada cual empleaba (debo decir que se distinguían dos, y en ocasiones hasta tres, bandos o facciones, al parecer irreconciliables. No señalaré a ninguna y, mucho menos, pondré nombres, pero es enormemente llamativo que asuntos que debieran decidirse científicamente (aportando pruebas y aplicando la lógica) dependían muchas veces de la orientación investigadora de cada cual, rara vez coincidente con la de otros. No dejó de asombrarme el arriscamiento de algunas intervenciones y la actitud de algunas personas que, como mínimo, habrían de saber que la razón no se tiene: se ejerce con razones.

La segunda conclusión depende, en parte, de esta primera. De lo que hay, no sabemos en firme todo lo que habría de saberse para juzgar adecuadamente. El proceso historiográfico (y me remito ya a los jardines, en concreto) depende de muchos factores, incluyendo el punto de vista del historiador. Pero no es ajeno a los datos de que se dispone ni, mucho menos, a la interpretación que se les da, sobre todo si se pretende "hacerles hablar" de forma coordinada, orientándolos a formarnos un cierto juicio que apoye determinadas conclusiones. En este sentido, falta (lo digo siempre y sé que me repito) una "lectura" jardinera de los datos sobre los jardines. Pongo un ejemplo. El programa iconográfico del jardín de Lastanosa es muy sugestivo y ha de estudiarse a fondo. Puede que las estatuas sean, en cierto modo, independientes de la piedra que las forma y del cantero que las talla. Pero no ocurre tal cosa con las plantas del jardín, lo que equivale a decir que tampoco ocurre con el jardín mismo. Las plantas dependen del agua de manera absoluta. Ergo descubrir cómo se regaba en el siglo XVII no es nada accesorio: por el contrario, es esencial para descubrir cómo eran los jardines. Así, el hecho (que se produjo) de que una persona de Huesca dijera que en su infancia había jugado en el parque Miguel Servet (que ocupa en parte los terrenos de los antiguos jardines de Lastanosa, de los que no se sabe con exactitud cuándo desaparecieron aunque parece que pudo ser el siglo XVIII) y que recuerda la presencia de un pozo, queriendo liquidar así, de un plumazo, el método de riego de los jardines de Lastanosa, es poco menos que risible. Y nada científico. Porque un pozo puede tener o no caudal para regar una parcela de unas 3,5 hectáreas (la superficie de huertas y jardines lastanosinos que he calculado basándome en los datos disponibles) pero un pozo no puede regar nada a menos que se saque agua de él. Perogrullo ¿verdad? Pues olvidado por esa persona (y algunas otras) porque no se ha descubierto ni consta en parte alguna que hubiera norias o similares para extraer agua en cantidad para regar una superficie así. La solución apunta a conocer las acequias y canales que existían en Huesca en aquella época y de los cuales hay noticias de finales del XIX: cosa, evidentemente, muy lejana aún y que exige investigaciones de mayor enjundia para retroceder lo más posible, si se puede hasta el mismo siglo XVII.

La tercera conclusión es que, y sigo hablando de jardines, hay un enorme abismo de cosas por estudiar. Enumero sólo algunas de las cuestiones que me han salido al paso en mi preparación de la ponencia que presenté a la Conferencia. Laberintos, relojes de sol, métodos de riego, tenencia de la tierra y repartos de aguas comunes en turnos, mano de obra, organización de trabajos en obras de agricultura y jardinería, excavaciones y movimientos de tierras, plantas cultivadas en jardines (además de las traídas de América y de otras partes), relación de las plantas con los tratados agronómicos y las modas de la época, maquinaria y herramientas (hidráulica y agraria) de aplicación a jardinería, etcétera, etcétera, etcétera. Es ingente la cantidad de asuntos que resultan oscuros o incluso negros cuando se fija la mirada en ellos. Muchos son inevitablemente confusos: eso es consecuencia inevitable de la lejanía con la que los miramos. Pero en jardinería, además, muchos son de un negro azabache porque no se han estudiado nunca, al menos entre nosotros. Hará falta una plétora de investigadores y muchos años por delante para que la jardinería llegue a colocarse más o menos al mismo nivel que otras disciplinas artísticas. O más bien toda una vida.

viernes, 25 de mayo de 2007

Primeras noticias de Lastanosa

La semana que viene viajo a Huesca para asistir a un Congreso sobre la vida y los hechos de Vincencio Juan de Lastanosa (1607-1681). Lastanosa fue amigo de Gracián y uno de los ilustrados de su tiempo. Poseyó una amplia biblioteca, tuvo conocimientos alquímicos y dispuso, en su solar de Huesca, de una casa en lo que hoy es la calle del Coso Alto con unos jardines.

Ése es el motivo de que yo vaya allí, a contar con otros colegas cosas sobre lo que Lastanosa tuvo e hizo. Mi papel se limita, claro está, a los jardines. Pero en el recorrido prepatorio de mi intervención, han ido formulándose ideas y apareciendo cuestiones que merecerán algunas entradas en esta, un tanto descuidada, bitácora.

Ya anticipé que algo de todo esto tendría que contar. Pero, hoy, antes de viajar a Huesca (viajar, aquí, es un término un tanto pretencioso porque Huesca no queda lejos de La Rioja) dejo apuntadas, para quien pase y lea, algunas de las sugerencias que me han ido apareciendo a lo largo del camino. Que exigirán nuevas lecturas y nuevas reflexiones y, como digo, nuevos comentarios aquí.

No parece que Lipsius y su neoestoicismo tuvieran mucho que ver con Lastanosa. Pero es sugerente que sus libros políticos y su De constancia estuvieran en la biblioteca del aragonés. En ella había también algunos libros de agricultura y arquitectura que requerirán algún comentario, entre ellos la Agricultura general de Alonso de Herrera y la Agricultura de jardines de Gregorio de los Ríos. Y, finalmente, lo que no agota las posibilidades, hay algunos aspectos inexplorados en los jardines lastanosinos que requieren otros enfoques. Muy concretamente habría que responder a la pregunta ¿existe alguna posibilidad de situar, e incluso saber algo in situ de, los jardines que tuvo Lastanosa, hoy desaparecidos? La pregunta, a primera vista, parece que tiene una sola respuesta. Pero no hay que dejarse engañar: podría ser "sí". Volveré de Huesca y volveré sobre ello.

viernes, 27 de abril de 2007

De etimologías mal entendidas

Desde que Heidegger pusiese de moda los estudios etimológicos para adentrarse en las fuentes del conocimiento, la etimología se ha convertido en herramienta hermenéutica de primera magnitud. A veces, no muy bien empleada. Anne van Erp-Houtepen en "The etymological origin of the garden" (Journal of Garden History, vol. 6, nº3, pp. 227-231) intenta trazar, en efecto, ese origen, pero comete dos errores que a estas alturas del siglo XXI considero relevantes y poco disculpables.

El primero es que, implícitamente, se confunde el origen etimológico con el origen auténtico del jardín. Es cosa común, y aunque muchos saben (y creen) que el mundo no comenzó tal y como cuenta el Génesis, dan por hecho que el jardín como paraíso sólo funciona desde la época de escritura del texto sagrado. Olvidan que hubo otras culturas anteriores, olvidan que la herramienta y la función preceden al nombre, olvidan, en fin, que el mundo no se centra sólo en la cuenca mediterránea. Resulta difícil aceptar que una indagación tan simple como la de Anne van Erp-Houtepen pretenda pasar por una investigación filológica seria que arroje luz (cosa que podría hacer) sobre la idea de jardín en distintas culturas.

El segundo error es, muy posiblemente, consecuencia del primero. La autora termina por referirse casi sólo al ámbito anglosajón dejando a un lado otros idiomas, que sólo aparecen de modo tangencial. Es decir, que el origen etimológico parece estar centrado en una sola lengua o tronco lingüístico, con lo que la importancia del asunto, la idea de jardín, pasa a ser algo así como patrimonio de esa cultura. Con ser inadmisible este enfoque, me parece aún más peligroso otro aspecto: su falsedad. Me da igual si Anne van Erp-Houtepen sabe o no, si cree o no, si ha investigado o no lo que cuenta. De fingidores está el mundo lleno. Pero hacerlo pasar por bueno, bajo la etiqueta de una investigación seria supone confundir la buena voluntad del lector poco avisado. Me sorprende incluso que el Journal aceptara su publicación porque científicamente es un artículo bien flojo. Veámoslo en algunos de sus puntos más débiles.

Para dar una definición del jardín acude a la de Repton en sus Fragments on Landscape Gardening and Architecture, de 1816, en la que el célebre paisajista lo califica como "trozo de terreno vallado para defenderlo del ganado y apropiado para el uso y placer del hombre y está, o debería estar, cultivado". Que Repton lo definiera así es comprensible. Que se acuda a esa definición como representativa es lo contrario: del todo incomprensible. Claro que Anne van Erp-Houtepen admite que sólo ha consultado el Oxford Dictionary y añade en nota al pie "I also consulted several etymological and common dictionaries of the other languages mentioned in this article" (p. 231, n.2), pero, cosa rara, no los cita. Y debería, porque las lenguas mencionadas son, según mi recuento: inglés (moderno y antiguo), griego, latín, español (que, sin ánimo chauvinista también tiene su faceta "antigua" que considerar, como todas las lenguas que han evolucionado de otras), italiano, francés, holandés, alemán, noruego (éste sí, antiguo), eslavo (no estoy muy seguro, pero supongo que aquí se refiere al antiguo eslavo, porque yo creo que hoy nadie habla eslavo sino derivados modernos de él), ruso, búlgaro, danés, frisio, sueco y persa. No sé si me dejo alguno. Pero en una cuenta de 16 o más (si contamos los "antiguos") una investigación etimológica que se precie y quiera servir de algo, ha de aportar una buena tanda de diccionarios con pelos y señales: estanterías enteras, diría yo. Porque coger al azar un diccionario búlgaro-inglés, por ejemplo, y dar la equivalencia de "ciudad" o de "jardín" entre ambas lenguas no es una investigación filológica. Es consultar un diccionario bilingüe.

Hay además algunos aspectos vidriosos que son, justamente, los que piden a gritos una investigación en serio. Un ejemplo. Cuando en castellano traducimos yard por "patio" estamos dando una equivalencia general pero ¿sabemos qué es un yard en Inglaterra? ¿Es equivalente el concepto al del patio cordobés, por ejemplo? Dar ese salto es admisible en el lenguaje común: los espacios son homogéneos conceptualmente hablando. Pero en el lenguaje técnico no debemos permitirnos semejantes equivalencias sin ahondar un poco más.

Se ve claro que la supuesta investigación etimológica es sólo linguocéntrica y más concretamente anglocéntrica. Eso hay que advertirlo en el título y no meterse en camisa de once varas con otros idiomas de los que nada se sabe. Si lo que quería la autora era "demostrar" que en la idea de jardín va implícita la idea de recinto cerrado o vallado, los resultados son esperpénticos: eso ya lo sabíamos desde antes de Repton y sin tener que acudir a Soto de Rojas.

No deja de ser discutible (pero la autora lo da por hecho, sin más) que la palabra park designe un hermano mayor de jardín. Su linguocentrismo queda patente en la frase que sigue: "It is also an area for cars to wait in: the car park" (p. 228). Podría haber añadido que otros idiomas, como el italiano, el francés o el español han adoptado de modo corriente la palabra "parking", con lo cual también puede aplicarse esa etimología a otras tres lenguas de golpe. No estoy seguro (habría que ir al Corominas, que no tengo a mano) pero "aparcar" es un término bastante antiguo y según el DRAE significa (¡en primera acepción!) disponer en un lugar adecuadamente los carruajes y los pertrechos de guerra. No me parece probable que el origen sea el park inglés, aunque podría ser, sino seguramente algún término anterior. Respecto a términos confusos, apunto solamente el asunto del hortus latino que para nosotros da "huerto" o "huerta" mientras importamos del francés (esto si recuerdo haberlo leído en el Corominas) la palabra "jardín". Todas estas acepciones, definiciones y equivalencias siguen estando oscuras y con pocos estudios de lingüística comparada.

Finalmente, por no insistir más, remito como resumen del enfoque de Anne van Erp-Houtepen, pobretón y acientífico, a la frase: "Finally going back to the very first garden, which, as Francis Bacon puts it 'God Himself planted' we arrive in paradise". Habría sido de agradecer que, por lo menos, la autora se remontase al Génesis y no acudiera a la autoridad del texto baconiano. Bacon, un filósofo al que he estudiado con esmero, goza (con sus debilidades mundanas por los cargos y el dinero, pero también con su valiente denuncia de los idola) de todas mis simpatías, pero no sirve para hablar del paraíso como jardín. La suya es una referencia obvia (aparece como cita liminar en mi libro Historia de los estilos en jardinería) pero sólo eso. No aporta nada ahí salvo literatura.

Todo esto me remite al inicio: la investigación etimológica es importante, casi diría crucial, para entender el concepto, la idea de jardín. Pero no de esta manera amateur y sesgada. Por desgracia, el calado del mar que debemos explorar es muchísimo mayor. Conocerlo supone un estudio más detenido, científico y prolijo que éste.

jueves, 26 de abril de 2007

La colonización de la naturaleza

El libro de Beth Fowkes Tobin Colonizing Nature. The Tropics in British Arts and Letters 1760-1820 (2005) es provocador y rompe moldes en más de un sentido. Aun siendo discutibles alguno de sus enfoques (la autora adopta una terminología de corte marxista que casa mal con una interpretación historiográficamente oportuna hoy de los hechos y las ideas) sus opiniones son muy reveladoras y arrojan una luz cruda y nada complaciente sobre las relaciones de la metrópoli con las colonias basándose en la horticultura tropical, en la tenencia y disfrute de jardines y en el uso explotador (no sostenible, dirían otros lenguajes) de la flora de los trópicos. Esta tarea crítica está todavía muy lejos de ser aplicada al caso español y requerirá tiempo e investigaciones muy pormenorizadas acerca de esas mismas relaciones.

Hay varios aspectos reseñables y que abren perspectivas nuevas sobre los cultivos de los trópicos y su explotación por los colonizadores. La autora señala, por ejemplo, que en las descripciones, relatos de viajes, cartas y demás documentos de la época, no se incluía el hecho de que los nativos cultivaban plantas antes de la llegada de los blancos, como tampoco se reseñaban la cantidad de mano de obra y los conocimientos técnicos que requerían y el desequilibrio que producía en el medio natural esperar de los nativos, a cambio de prácticamente nada, alimentos cultivados. La idea de una "Arcadia" o un "paraíso" felices subyace a esa literatura equívoca que olvida ver el esfuerzo que supone obtener lo que el hombre blanco, en su satisfacción acrítica de conquistador, colonizador y explotador de otros mundos, da por mágicamente producido y acepta con la naturalidad de quien espera un regalo merecido. Una parte de la sobreexplotación actual de los países tercermundistas y de la liquidación de la naturaleza en las grandes reservas naturales tiene se base en este "dar por hecho" que los seres inferiores (no otra cosa eran los negros, los mestizos y los indios para la mayor parte de los colonizadores blancos) y la naturaleza están a nuestro servicio sin otras contrapartidas o exigencias.

La autora maneja algunos términos, como "botín", que expresan bien su toma de postura ideológica y la rebatiña que se produjo en los Nuevos Mundos a la llegada del europeo. Compara así mismo la poesía pastoril o bucólica con el género geórgico (de moda desde Virgilio y en el que, junto con los consejos de cultivo se da una idealización de la agricultura que sistemáticamente olvida el esfuerzo necesario para practicarla con éxito). La autora se muestra muy crítica con este olvido y apunta, certeramente, a que esta ausencia manifiesta una ideología propia del imperialismo y la colonización, al tiempo que ofrece una imagen empobrecida, de tierra vacía, de los trópicos a los que llegaron los civilizados europeos.

Otros aspectos no son tan contundentes, debido a que la autora ofrece una mezcolanza de facetas que habrían requerido una estudio aparte. Me refiero, por ejemplo, a la traída de plantas tropicales para ser cultivadas como plantas de interior en Europa o a la llamada "garden conversation piece" en la que hace un intento de sociología a través de las escenas pictóricas de paisaje o jardín, trasladadas a los trópicos; ambas cuestiones parecen exigir más desarrollo. Por cierto que esta pintura de "escena campestre" o de "escena jardinera" no ha recibido, seguramente por no tener la misma importancia, estudios de relevancia que yo conozca en España y en su etapa colonizadora. Habría además que estudiar comparativamente ambos casos y establecer pautas que permitieran sistematizar estos cuadros como elementos historiográficos.

Por último, hay dos conceptos que la autora maneja y analiza con cierta profundidad pero que exigen, a mi entender, una profundización ulterior en relación con la ciencia de la época y con los conceptos de filosofía de la ciencia que hoy nos son conocidos. Me refiero a los conceptos de "catalogación" y "colección". Sin entrar a analizarlos en detalle, baste decir, y así lo ve muy acertadamente la autora, que la botánica y los jardines botánicos ofrecen un campo de estudio muy amplio. Añadiré que la taxonomía linneana, a la que se refiere ella con cierta amplitud, es un paradigma de una época y justamente el conocimiento del mundo, basándose en la lógica aristotélica, en la descriptiva baconiana y en el racionalismo kantiano, subyace a una manera de verlo que lleva, según la autora (pero ¿es así, verdaderamente?) a su colonización y explotación sin límites.

He aquí, por añadidura, un tema más de estudio. Las relaciones entre jardinería y botánica, entre "arte jardinero" y "ciencia hortobotánica" han pasado por momentos tensos pero también ofrecen sinergias de gran interés. Entre nosotros, al menos, estos temas están por estudiar. Como casi todo. Para que no se me tache de pesimista infundadamente ahí van tres ejemplos elementales en este mismo ámbito del libro que comento: 1) ¿Cuándo y cómo, por quién, y qué generos, especies o variadedes se trajeron de América y dónde se plantaron? 2) ¿Cuál es el origen de las modas de ciertas plantas que vemos reiteradamente en jardines de una época, como los Trachycarpus, las Sequoiadendron o los Cedrus libani? ¿Se cultivaron en viveros, pasaban de unos jardines a otros...? 3) ¿Cuál es la influencia, si la hubo, a la directa y a la inversa, entre España y sus colonias, en el ámbito jardinero: plantas, modos de cultivo, jardineros?

Son temas importantes entre tantos otros que están todavía por estudiar y, parafraseando a Bécquer, "esperan la mano de nieve" que sepa pulsar esas cuerdas que produzcan resultados y novedades que sirvan para comprender mejor el jardín.

¿Jardín o jardines?

En la línea de lo expuesto anteriormente, sabemos que la historia nos ayuda comprender muchas cosas sobre el ente "jardín". Ahora bien, el jardín como tal no existe. Existe la idea de jardín, el arquetipo, la categoría (por hablar filosóficamente) y existen los jardines, que como objetos concretos sí tienen historia.

Parece entonces una consecuencia aceptable que el estudio deba enfocarse desde dos ángulos diversos: por uno, el estudio de la idea, de la categoría, lo que equivale a decir que deben estudiarse las ideas que, a lo largo de la historia y en las diversas culturas, han categorizado el jardín como objeto; aquello, por decirlo de otro modo, que dice qué es un jardín y qué no lo es. El otro ángulo es el estudio de la historia de los jardines concretos o la historia de todos los objetos que conocemos como jardines. Es lo que abordé en mi Historia de los estilos en jardinería (Istmo, 1982) y que puede verse en tantos otros libros genéricos sobre el tema. Para quien esté interesado en echar un vistazo, muy superficial, a los jardines principales y a la evolución histórica de los mismos, puede ser un buen comienzo la página History of Landscape Architecture de Kenneth Helphand, del Department of Landscape Architecture de la Universidad de Oregón. Las fotos no son nada del otro jueves, pero dan una idea aproximada de la evolución de los jardines.

Con todo, y como iré desarrollando aquí y ya he expuesto públicamente en cursos y congresos, la historia de los jardines no puede entenderse sin la historia de la idea de jardín y eso es algo que está, todavía, por hacer y en la que la filosofía tiene mucho que decir.

miércoles, 25 de abril de 2007

El jardín y su historia

Conocer la historia del jardín (no meramente la de los jardines) es importante por diversos motivos.

El primero es el propio de toda disciplina: hay que saber de qué trata o de qué trató. Es una curiosidad general que permite centrar el asunto del que se habla. Está claro que un químico puede prescindir de los conocimientos alquímicos, pero es seguro que si conoce el desarrollo razonado de la historia de la química (por lo menos la que va de Lavoisier hasta el siglo XX) enriquecerá su visión sobre su propio trabajo.

El segundo es más específico. La historia del jardín revela la posición de esta construcción humana en el campo amplio de la cultura y del arte y por ello es reveladora también del papel que los jardines han tenido en la historia reciente de la humanidad. Lo que a su vez, y por una a modo de extrapolación, indica con claridad qué sentido pueden tener los jardines y parques que se diseñan y se plantan hoy.

Todavía hay un tercer aspecto que es de mucho más calado. Se trata del estilo. Podemos imaginarlo como una cascada: el ser humano está rodeado de naturaleza y forma parte de ella. Al mirar y usar ciertas áreas de la naturaleza crea lo que, en términos amplios, se denomina paisaje, un a modo de fragmento visual o de apropiación de un segmento de la naturaleza. Cuando quiere crear un jardín (que, entre otras cosas, supone un acercamiento y esa peculiarísima apropiación de la naturaleza) elige instintiva o conscientemente un modelo: justamente el que le da el paisaje circundante. Si a ese modelo se le aplican determinadas restricciones o desarrollos mediados por los conocimientos técnicos, la cultura en general y el arte, se obtiene un estilo de jardín. De modo que el estudio de la historia del jardín es, a su vez, estudio de sus estilos históricos y de las influencias que han permitido llegar a ellos. Lo cual tiene una consecuencia inmediata clarísima: podemos extrapolar esos conocimientos para comprender, analizar y estudiar los estilos actuales, sus influencias y sus tendencias.

A diferencia del químico, es esencial que el paisajista conozca bien lo que se ha hecho antes y por qué: de ese modo está en disposición de seguir a partir de lo ya hecho y no creer, por el contrario, que inventa algo que, podría ser, ya se hizo un siglo antes. La comparación con los músicos o los novelistas es reveladora: será bonito escuchar una sinfonía "al estilo de Beethoven" compuesta en 2005 o leer un entretenido folletón "al estilo de Pérez Galdós" escrito en 2007. Lo que en su día aportaron el de Bonn y de Las Palmas fue enorme y merecedor de los máximos reconocimientos. Lo que hoy supone recrear esas composiciones musicales o escritas no pasa de ser un ejercicio escolástico. Igual con los jardines.